Armando Paredes celebró el gol como si hubiera sido el más importante de su carrera. El “Travieso” del Emelec le dio a los seguidores del cuadro azul una gran alegría al anotar, en el último minuto, el tanto que le dio la victoria a su equipo y lo mantiene en la lucha por la clasificación a la liguilla.
Este tanto dejó en silencio a los casi 65.000 seguidores de Barcelona que llegaron con la ilusión de ver ganar a su equipo y que al final se fueron tristes por la derrota.
El marcador no solo golpea anímicamente al cuadro torero, sino que futbolísticamente lo afecta, ya que lo relega en la tabla de posiciones, donde está igualado con el cuadro azul, escoltando al único líder, Olmedo.
El final del Clásico del Astillero fue no apto para cardíacos. Barcelona se había lanzado con todos sus efectivos en busca del gol del empate, mientras que Emelec intentaba neutralizar el juego en el medio campo.
En las graderías, se jugaba un partido distinto. Los simpatizantes del equipo eléctrico, minoría en el escenario, se hacían escuchar con sus cánticos de respaldo a los jugadores, mostrando su confianza en que el resultado los iba a favorecer.
Eran poco más de 7.000 seguidores los que llegaron al estadio Monumental. Eran “pocos”, y además, su equipo llegaba con el cartel de víctima, ante el “millonario Barcelona”.
En Barcelona, no hubo quién ordene el sector medular. Delgado intentó cumplir esta labor, pero su repentina lesión, al minuto 26, trastocó los planes de los toreros.
En la primera etapa lo rescatable fue la acción producida casi al final del tiempo reglamentario, cuando Guagua anotó, con certero golpe de cabeza, pero el árbitro marcó una posición fuera de juego del defensa torero.
En la fase de complemento, las jugadas de riesgo fueron más constantes.
Sin embargo, cuando el partido llegaba al final, Carlos Alberto Juárez recibe un balón cerca de la raya lateral; tres jugadores van a marcarlo, pero no pudieron frenarlo y el delantero habilita a Armando Paredes.
El volante azul remata desde el borde del área, anota la conquista que despertó el delirio de los azules y generó la tristeza de los toreros que en la gradas fueron más, pero al final vieron cómo a su rival le tocó celebrar.
Cuernitos e insultos, la sazón del duelo
Que “Mostaza” Merlo no es cabalero y que los hinchas de Barcelona no se acordarían de Carlos Espínola, nadie se lo creyó. El estratega torero le echó todos los maleficios a Emelec para que no anotara, mientras que el ensordecedor grito de “¡asesino!” puso nervioso al defensa paraguayo de los azules.
El gramado del Monumental tuvo vida. Temblaba a cinco minutos de iniciar el Clásico del Astillero, en la fresca tarde guayaquileña. Los cánticos y brincos de los miles de fanáticos amarillos y azules matizaron la fiesta del fútbol.
Unidos por un lienzo gigante con los colores de la ciudad, los jugadores de ambos equipos cantaron el himno del Puerto Principal. Momento emotivo previo al duelo.
Espínola masticaba con rapidez su chicle. Su mirada no tenía destinatario, sus oídos soportaban los insultos de los hinchas canarios. “Maldito asesino, hijo de puta te voy a meter preso”, fue el grito ronco y desesperado de un obeso aficionado desde la general norte.
Merlo sumió la barriga para arreglar su cabalera camisa. Con los dedos pulgares dentro de los bolsillos de su pantalón, como una pose de modelo, empezó a dirigir al Ídolo.
De repente, “Mostaza”, en el único tiro de esquina que cobró Emelec en el primer tiempo, le hizo los cuernitos con los dedos de su mano derecha. El gesto que utiliza el argentino como un mecanismo de autoprotección para evitar que le marquen goles dio resultado.
Luego, los remates de David Quiroz, Pablo Palacios y el gol anulado a Jorge Guagua, los vivió con sus manos en la cabeza.
Como en una corrida de toros, el público festejó cuando Quiroz reventó la espalda de Espínola con un balonazo. “Eso, mátalo a ese maricón”, dijeron desde la general sur.
Los cuernitos de Merlo se triplicaron en la segunda etapa porque Emelec fue más atrevido. La voz gangosa de “Mostaza” se perdía con el bullicio de los aficionados; estaba desesperado, su equipo no respondía.
Pero al final, los cuernitos no espantaron los espíritus maléficos sobre el Ídolo.